El Jonquet es un barrio pobre, popular y destartalado, muy de España negra. Quizás sea ése uno de los éxitos de sus cabarets. A los turistas les gusta retratar la cochambre; los turistas -que suelen ser unos burgueses gregarios y sin pena ni gloria que se sienten muy a la page- coleccionan fotografías de gitanitos panzudos, guaridaciviles de fiero mostacho, putitas greñudas, pescadores curtidos por el sol, vendedores de souvenirs, toreros desencajados y curas solitarios y rezadores. De la España de pandereta vive sola, como el conejo de monte. Cuando el hambre se cansa de ser crónica, nace el tipismo.

La catedral de Palma es solemne y airosa, elegante y diríase que lánguidamente femenina. Desde lejos -desde la ventana de mi estudio, por ejemplo, al otro lado de la bahía- semeja una alta dama solitaria preocupada por mantenerse digna en su soledad. La gente dice que se la están comiendo, poco a poco, las palomas; yo pienso que no es mal fin para una catedral, que es una poética muerte para la piedra labrada, de otra parte, no me parecen aves con demasiada imaginación sino más bien estúpidas. A lo mejor me equivoco. La catedral de Palma es un inmenso nido de palomas condenadas a muerte.